Junta Central Hermandades de Semana Santa - Torrent

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Arcipreste de Torrent

Alfonso Ibáñez Pardo
Arcipreste “Mare de Déu del Pòpul”

 

 

Desde que conocí, hace ya treinta años, la Semana Santa torrentina, ha sido para mí una experiencia nueva y muy valiosa por la vitalidad de las diferentes Hermandades y sus momentos culminantes en la Semana Santa.

Se enmarca toda esta religiosidad en lo que llamamos Piedad Popular. El Papa Francisco nos ha hablado ya varias veces de este tema. Permitidme que acuda a su primer documento programático Evangelii Gaudium [El gozo del Evangelio]; sus palabras, mejor que las mías, nos pueden ayudar y estimular a vivir cada vez más esta realidad, como expresión y alimento de nuestra fe. Dice el Papa:

Para entender la piedad popular hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar. Solo desde el amor podemos apreciar la vida teologal presente en la piedad de los pueblos cristianos. Pienso, por ejemplo, en la fe firme de esas madres al pie del lecho del hijo enfermo que se aferran a un rosario aunque no sepan explicar todo el contenido del Credo, o en tanta carga de esperanza derramada en una vela que se enciende en un humilde hogar (o en la iglesia) para pedir ayuda a María, o en esas miradas de amor entrañable al Cristo crucificado. [Aquí entran de lleno nuestras procesiones]. Son acciones que manifiestan una vida animada por la acción del Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones. En la piedad popular, por ser fruto del Evangelio, que ha penetrado en nuestras culturas, subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar: sería desconocer la obra del Espíritu Santo. Más bien estamos llamados a alentarla y fortalecerla. Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos” (nn. 125 y 126).

O cuando nos dice… “cuando lleváis en procesión el crucifijo con tanta veneración y tanto amor al Señor, no hacéis únicamente un gesto externo; indicáis la centralidad del Misterio Pascual del Señor, de su Pasión, Muerte y Resurrección e indicáis que es necesario seguir a Cristo en el camino concreto de la vida para que nos transforme. Del mismo modo cuando manifestáis la profunda devoción a la Virgen María, señaláis al más alto logro de la existencia cristiana, a aquella que por su fe y obediencia a la voluntad de Dios es la perfecta discípula del Señor” (Jornada de las Cofradías y de la Piedad Popular).

Con estas palabras el Papa nos invita a todos a valorar mucho más vuestras Hermandades y a darles el verdadero sentido que tienen. Si así lo hacéis la Semana Santa no terminará con ese momento fascinante del Encuentro Glorioso en el Domingo de Resurrección porque el haber llevado a Cristo en cada uno de los momentos de su Pasión o a la Virgen madre nuestra, con vosotros y por vuestras calles, os invitará a llevar los sufrimientos y necesidades de tantos hermanos que están viviendo momentos de agobio y de dificultad.

La sociedad en que vivimos necesita corazones que amen a fondo perdido y hombros que ayuden a llevar las pesadas cargas de tantos hermanos que viven situaciones de maltrato, de pobreza o de abandono.

Tratemos pues, de mirar cada momento, cada recorrido procesional… con amor, como frutos del Espíritu Santo, como una ocasión privilegiada de evangelización, que merece ser alentada y fortalecida, dispuestos a dejarnos enseñar por ella.

¿Quién nos impide convertir las procesiones en momentos personales de oración, al contemplar esas imágenes tan expresivas de vuestras Hermandades, que nos hacen comprender el precio que Jesús ha pagado por nuestra salvación? ¿Quién nos prohíbe convertir cada redoble de tambor o cada nota de trompeta en un acto de amor a Jesús y a la Santísima Virgen?

Ciertamente que, al terminar estos actos, hemos de sentirnos comprometidos a vivir como hijos de Dios todo el año, y a confiar en su misericordia infinita, siempre dispuesta a abrazarnos y perdonarnos, a tender nuestra mano hacia nuestros hermanos, especialmente los más necesitados.

¡Feliz Semana Santa!

 

 

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Newsflash

En los medios de comunicación se repite hasta la saciedad que la Iglesia está alejada de la realidad del mundo, de los tiempos, del lenguaje y de las costumbres de las gentes. Se anuncian con estadísticas y estudios demoscópicos la crisis y la falta de fieles como de vocaciones sacerdotales. Pero sin dejar de valorar estas cifras y datos, no hay que olvidar que la Iglesia no aparece entre los problemas más graves de los españoles, y sí, por ejemplo, la clase política; para un 20% de la población los políticos son el tercer problema. Por tanto, el problema no es única y exclusivamente de la Iglesia. La cuestión está que en el mundo en el que hoy vivimos se ha instalado un sentimiento de vértigo y riesgo en el que la prisa nos impide reflexionar y valorar lo verdaderamente importante, aquello de lo que no se puede prescindir. Y es ahí donde la Iglesia tiene mucho que decir. A pesar de los ataques que viene sufriendo y que siempre sufrirá, tenemos que decir con humildad, pero con rigor y conocimiento de causa, que la Iglesia está donde nadie quiere estar. ¿Somos conscientes del papel que está ejerciendo la Iglesia en nuestros días, tanto en colegios, comedores sociales, centro de inmigrantes o en prisiones? Y los cristianos, ¿estamos dispuestos a seguir este legado? ¿Hemos comprendido lo que significa entenderse como seguidores de Cristo? ¿Somos y seremos capaces de transmitir y vivir la esperanza que Cristo nos anuncia en estos tiempos que parece diluirse la misma idea de Dios? En definitiva ¿nos convertiremos las cristianos en la voz de los sin voz?